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De la oficina a la furgo. Capítulo 3

13 abril, 2017

De la oficina a la furgo. Capítulo 3

Aquí tenéis la tercera entrega de la serie De la oficina a la furgo.

¿Os están gustando los capítulos? Que no os de miedo y dejad comentarios con vuestras impresiones más abajo. Nos gustaría saber vuestras opiniones. 😉

Si te perdiste algún capítulo anterior aquí tienes los enlaces directos:

Capítulo 1

Capítulo 2

 

De la oficina a la furgo

Capítulo 3

 

HAY LUZ AL FINAL DEL TÚNEL

En aquellos momentos sólo había un sentimiento ocupando toda mi cabeza y era MIEDO (en realidad era un pánico y acojone brutal). Tenía miedo porque sólo sabía lo que no quería hacer pero no tenía claro a qué me quería dedicar o cómo quería vivir mi vida. Tenía miedo de defraudar a mi familia, de verme como una fracasada, como un bicho raro inadaptado en la sociedad… y a David le pasaba algo parecido sólo que él no es tan dramático y vive la vida de una forma bastante más pragmática (y con menos pájaros en la cabeza) que yo.

El caso es que poco a poco comenzamos a analizar nuestra vida y nuestros sueños, incluso esos sueños que tienes pero son como ese amor platónico que ni te planteas en realidad porque sabes que es inalcanzable (o eso crees). Teníamos muy claro que no queríamos seguir teniendo una vida en la que pasar 5 días a la semana dedicando más de 12 horas al trabajo deseando que llegara el sábado para poder “vivir”.

Tengo que decir que el simple hecho de decidir cambiar de vida, aunque no lo hubiéramos llevado a cabo aún y no supiéramos ni qué ni cómo lo íbamos a hacer, me ayudó a mejorar mi estado mental y empecé a sentirme mucho más tranquila y animada. Seguía llorando los domingos, pero cada vez lloraba menos.

Llevaba unos años formándome como cooperante internacional (por aquello de que estudias cosas que te interesan aunque no lo haces para dedicarte a ello, sino por placer) y un día, después de darle muchas vueltas a la cabeza, se me ocurrió una idea brillante: dedicarnos a viajar por el mundo mientras yo trabajaba como cooperante.

Utópicamente así suena muy bonito y, aunque soy una idealista sin remedio, también le pongo cabeza a veces a las cosas y comencé a desarrollar una plan sostenible basado en esa idea. Tenía claro que no quería trabajar para ninguna gran empresa (véase Naciones Unidas, Cruz Roja, Amnistía Internacional…) porque sería volver al mundo empresarial de nuevo, con el trasfondo social, pero igual de esclavo. Por otro lado tampoco me apetecía ponerme a echar currículos en pequeñas asociaciones locales del mundo, porque además tampoco tenía experiencia que aportar en terreno, así que se me ocurrió algo mejor: dedicar un año a viajar por el mundo y  colaborar voluntariamente en distintos proyectos, para poner en práctica los conocimientos que había adquirido y además coger experiencia.

Cada noche me iba a la cama con la cabeza llena de lugares lejanos que me apetecía visitar y dedicaba mucho tiempo a buscar asociaciones y organizaciones que trabajaran en ellos.

A David de inicio la idea le gustó. Enseguida le cambié el planteamiento y lo que le “había vendido” como un año sabático se convirtió en dos (porque yo quería dar la vuelta al mundo y un año me parecía ridículo).

Yo tenía muy claro que después de esos dos años no querría volver y hablábamos de la posibilidad de continuar una vida de aventuras pero David me recordaba que él no quería vivir de aquí para allá continuamente, que habría momentos en los que querría estar en “un sitio estable” ya fuera Madrid o Tailandia.

Mientras tanto, nuestra vida laboral proseguía como hasta entonces, pero ya habíamos comunicado que el 31 de diciembre de 2.013 dejábamos la empresa. ¡Qué cague!

Los inquilinos que vivían en nuestra casa de Madrid nos habían avisado que ese mismo día dejaban la casa así que todo iba saliendo a pedir de boca.

A primeros de enero de 2.014 llegábamos a Madrid con nuestras gatas y un panorama por delante, que parecía de todo menos fácil.

 

UN AÑO MUY DIFICIL

La situación en Murcia había llegado a ser insostenible para mí y recuerdo perfectamente el momento y las palabras que utilicé cuando le di el ultimátum a Inma: “Lo siento mucho pero hemos llegado al límite. Esta situación te está matando, y seguir viviendo aquí de esta manera ha dejado de tener sentido. Creo que debemos irnos. Tu puedes seguir, lo entenderé aunque creo que no es lo mejor para ti, pero yo, para estar así, me marcho”.

Palabras difíciles de decir cuando no te quieres separar de una persona, pero por otra parte liberadoras y que además sirvieron para que Inma lo viera de la misma manera. Por suerte, en los puntos de inflexión que hemos tenido estos años, nuestros caminos han ido siempre en la misma dirección.

A mí ya no me compensaba estar lejos de mi familia en esos momentos. En 2011 habían diagnosticado un cáncer de pulmón a mi padre. Así que ese tiempo en Madrid lo íbamos a utilizar para preparar como iba a ser nuestra nueva vida, ver cómo nos íbamos a organizar económicamente, buscar información de los países que queríamos recorrer y ONGDs para colaborar, terminar el master de programación web que había iniciado en Murcia y en mi caso sobre todo, para disfrutar más de la familia y vivir momentos cotidianos a su lado, momentos que no puedes disfrutar en la distancia por pequeña que sea.

Unos meses que tenían que haber sido de ilusión y alegría máximas por el cambio de vida que estábamos a punto de dar, pero en los que no podía pensar más allá debido a la situación de mi padre. No daba pie con bola ni para terminar el master ni para organizar nada del viaje.

La enfermedad estaba ya muy avanzada y nuestro cambio de vida seguía adelante pero en stand by, sabiendo que esos meses de demora no iban a interferir en nuestros planes, lo teníamos decidido y lo íbamos a hacer antes o después, pero ahora, había que esperar.

Sus fuerzas le hicieron llegar hasta Septiembre de ese mismo año. Un cúmulo de pensamientos y sensaciones se agolpan en la cabeza y se agarran al pecho sin dejarte respirar, pero hay que seguir adelante.

Él siempre había hablado de lo bien que iba a vivir jubilado junto a mi madre, de un lado para otro. Unos meses viviendo en el pueblo, otros en Madrid, viajecitos… Y todos esos días que pudimos pasar juntos (unos charlando y otros en silencio) tumbados en la cama viendo la tele, fueron, sin que él fuera realmente consciente, una gran lección. La mejor lección que me ha podido dar y un pilar sobre el que hoy estoy reconstruyendo mi vida: no dejes lo que quieras hacer para más adelante, quizá mañana sea tarde.

Continuará…

¿Quiéres leer el siguiente capítulo? Haz click aquí  Capítulo 4

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